Nadie te avisó que ser agente inmobiliario significaba esto.
Que ibas a mostrar una propiedad un sábado a las siete de la tarde, con toda la energía puesta, y que esa persona le iba a comprar a otro agente tres semanas después.
Que ibas a tener meses de cerrar dos operaciones seguidas y después sesenta días sin que entre un peso.
Que ibas a mandar un mensaje de seguimiento y quedarte mirando el celular esperando una respuesta que no llega, con la sensación de estar rogando.
Que en algún momento, en una cena familiar, alguien te iba a preguntar cómo va el trabajo y no ibas a saber qué contestar.
Esto no pasa porque no sirvas para esto. Pasa porque nadie te enseñó un proceso — y sin proceso, cada venta depende de que ese día tengas suerte, energía y el cliente correcto al mismo tiempo.